Tras Paredes

Sobre el libro Claraboya de José Saramago.

El encuentro con aquel que cambió mis pasos, fue. Tenía unos ochenta años. Pronunció un par de palabras y luego desapareció lentamente, dejando en mí un cosmos de cuestiones y un par de ojos exaltados.

Fue allí, cuando me di cuenta que la juventud es efímera, como todo en la vida, nada es estático, nada se queda. Aquel pensamiento filosófico de este sujeto, despertó en mí algo a lo que podríamos llamar esquizofrenia, pero sobretodo se plantó también en el lugar más recóndito de mi cabeza la cuestión: ¿somos o no útiles?, ¿para qué servimos?, ¿para qué vivimos?, ¿para qué llegamos al mundo?, ¿con qué fin habitamos en él?. Soy el reflejo de Abel.

Seguí caminando y cuando por fin me encontré atrapada en la nebulosa edificación, pensé. Tras las puertas, relaciones habladas y no habladas se desarrollan en el seno de una realidad limitada y fragmentada por el tiempo, se escurren con él y en él. Nos invade el silencio, la angustia, y nos caracterizamos por llevar una vida desgastada por la rutina inquebrantable.

Siempre hay algo más detrás de una puerta. Cada espacio interno, cada objeto cuenta una historia. Dualidades, trasfondo en caras y cuerpos. Indudablemente hay una vida dentro de esas vidas, el hombre no se muestra en sí, él se esconde para dejar a la vista su máscara distractora: la apariencia. Somos simios coléricos, y gracias a nuestra imaginación e inteligencia simiesca, hemos persistido en el creer por mucho tiempo, que éramos ángeles, que éramos seres supremos, dioses, creadores, dueños del mundo y de nuestro propio destino.

En estos sitios en donde la gente suele estar porque los unen las necesidades y la sangre, se presencia la muerte antes de nacer, la muerte de los sueños, la muerte de los ideales. Las verdades ocultas de las relaciones aparentemente normales, que vistas desde la puerta hacia afuera lo siguen siendo, pero de puertas adentro se convierten en blasfemias acortadas por el suspiro de palabras a medio decir, lo que definitivamente se convierte en un retrato oscuro de una sociedad adormecida, que camina de la mano de frustraciones y ahogos.

Aquí, se hace necesaria una claraboya para dar luz a los lugares de nuestro ser, una luz a la escalera del conocimiento sobre lo que somos y no somos; tal como la parte alta de una pared que ilumina un recinto cerrado, una ventana transparente que deja entrever un microcosmos, las vidas, las caras, los cuerpos, los bloques, el asfalto, un edificio.

Sí, parece que estuviera leyendo pensamientos a través de los cráneos de cristal de los que habitan. La realidad indiscutible del hombre, es cómo este cimienta su ser, pues siempre se encuentra con la trascendencia pero no siempre está abierto a ella como perspectiva última. Aprendemos a sobrevivir al ataque del monstruo de la sociedad, la selva de cemento, de allá afuera, en donde existen desigualdades enormes que se elevan cada día a la enésima potencia. Irremediablemente, no podremos ver la luna y las estrellas si preferimos seguir viviendo bajo el aura de los semáforos de las calles y de los anuncios de whisky.

Aprender a lidiar con nuestras voces internas no es fácil. Paradójicamente, se suele tener un “ángel” y un “demonio”, esas ayudas morales que retienen o incitan. Ellos nos hacen caer en la cuenta de que por más insignificante que parezcan nuestras acciones, somos vida, nos descubrimos en otros y que tales acciones repercuten en cada parte de nuestras vidas .

Y es curioso cómo en esta sociedad, la sociedad moderna, la “obligación” que nos ha sido impuesta de rendir un tributo a la felicidad y por lo tanto ser felices por ley, nos causa una agonía, un pesar que nos impide constantemente disfrutar de la vida como “nos tocó”, como el que nos creó nos la dio, como un regalo del que gozamos día a día.

Así, en las novelas como en nuestras vidas, hay un punto de giro. Todo es normal hasta te aburres del matrimonio, o porque eres soltero, de la vida misma, y te enfureces con el mundo. Luego, así, solo así te transformas, cambian tus costumbres, tus hábitos y tu andar.

Algo certero: los sueños nos mantienen vivos, y para hacerlos realidad necesitamos de los demás. El ser humano se constituye a partir del otro. No hay un yo, si no hay un tú. Abel y aquel viejo con quien me encontré algún día, somos cada uno de nosotros. Somos inquilinos de la vida, del tiempo y de nuestro propio pensamiento. No perduramos en ellos. En la búsqueda de un sentido a la vida, nos sumergimos y nos detenemos en algún punto de su transcurrir para observarnos y mirar a través de la claraboya, lo que finalmente termina estando muy por encima de lo que ordinariamente comprendemos y vemos los comunes mortales.

 

Autora: Paola Andrea Lázaro Vega 
Comunicadora Gráfica Publicitaria 

 

 

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